Mi Navidad

Llega la locura de la Navidad. Ya se nota en cómo los coches circulan más alocados de lo normal para tratarse de un domingo por la mañana, camino de los centros comerciales y grandes almacenes. Ya mi mujer comienza a ponerse negra, esperando que pasen las fiestas cuanto antes, mientras otros empiezan a embozar una sonrisita especial en la cara.
Pero mi Navidad no és -o no pretende ser- así. Yo entiendo que el ser humano -o sea, tú, yo y él y ella- necesita de ritos, como el del desayuno, el del funeral o el de las vacaciones. Todos estos ritos son discutibles, pero existen; nos permiten ir poniendo fechas o hitos a nuestra existencia -quizá por el afán de poder recordar luego, en los momentos de tranquilidad extrema o de desazón-, al tiempo que la hacen más amena.
El caso es que yo admito la Navidad como ese momento que hemos elegido para crear un periodo de paz al año, una tregua en la locura. Pero ¿Tregua? Al final hemos pervertido ese tiempo de reencuentro, de reposo, de introspección, conviertiéndolo en un tiempo de compromisos sociales, de carreras. Así que yo me niego; me niego a perder la Navidad y me niego a venderla al mejor postor. Quiero recibir mi regalo y ver la cara de felicidad del otro cuando recibe el mío. Quiero ver la cara de los seres queridos, satisfechos de estar con aquellos que nunca tienen tiempo para ir a verles.
Voy a intentar ver a toda mi familia o a llamarles. Una comida ritual con mis mayores y otro con la familia política. La nochevieja, si tengo buen plan, saldré y, si no, me quedaré en casa. El día 5 por la noche, me juntaré con mi familia a tomar el primer roscón con chocolate y nos daremos unos regalitos. Y el día de reyes, con las últimas fuerzas, iré a las casas que toque llevando y esperando los deseados regalos.
La familia en Navidad se vuelve muy exigente. Los más viejos exigen la atención y los adultos de mediana edad ceden y piden a sus vástagos que hagan el esfuerzo de ir a ver al abuelito o abuelita.
Tiempo perdido. La juventud es egoista y alocada, igual que lo seríamos nosotros si tuviéramos sus posibilidades y su libertad. ¿Quién, si tuviera amante esperándo, no pondría la excusa que fuera?
Pero mi Navidad no és -o no pretende ser- así. Yo entiendo que el ser humano -o sea, tú, yo y él y ella- necesita de ritos, como el del desayuno, el del funeral o el de las vacaciones. Todos estos ritos son discutibles, pero existen; nos permiten ir poniendo fechas o hitos a nuestra existencia -quizá por el afán de poder recordar luego, en los momentos de tranquilidad extrema o de desazón-, al tiempo que la hacen más amena.
El caso es que yo admito la Navidad como ese momento que hemos elegido para crear un periodo de paz al año, una tregua en la locura. Pero ¿Tregua? Al final hemos pervertido ese tiempo de reencuentro, de reposo, de introspección, conviertiéndolo en un tiempo de compromisos sociales, de carreras. Así que yo me niego; me niego a perder la Navidad y me niego a venderla al mejor postor. Quiero recibir mi regalo y ver la cara de felicidad del otro cuando recibe el mío. Quiero ver la cara de los seres queridos, satisfechos de estar con aquellos que nunca tienen tiempo para ir a verles.
Voy a intentar ver a toda mi familia o a llamarles. Una comida ritual con mis mayores y otro con la familia política. La nochevieja, si tengo buen plan, saldré y, si no, me quedaré en casa. El día 5 por la noche, me juntaré con mi familia a tomar el primer roscón con chocolate y nos daremos unos regalitos. Y el día de reyes, con las últimas fuerzas, iré a las casas que toque llevando y esperando los deseados regalos.
La familia en Navidad se vuelve muy exigente. Los más viejos exigen la atención y los adultos de mediana edad ceden y piden a sus vástagos que hagan el esfuerzo de ir a ver al abuelito o abuelita.
Tiempo perdido. La juventud es egoista y alocada, igual que lo seríamos nosotros si tuviéramos sus posibilidades y su libertad. ¿Quién, si tuviera amante esperándo, no pondría la excusa que fuera?
Comentarios
Me encanta el final, ¡qué cierto qué és!
Besos